El último día (24/01/12)

Era el último día pero, como cualquier otro día, ninguno de los dos se dijo nada.

Él salió de la clase como otras veces silencioso, al igual que había entrado, con su gorro de lana calado hasta las orejas y su bufanda al cuello. Ella, como siempre, estaba ya en clase cuando él llegó y, como siempre, seguía en clase cuando él se fue.

No sabía por qué pero cuando se proponía hablarle se quedaba en blanco, su cerebro era incapaz de dar las órdenes oportunas a su cuerpo para que se acercará a él, su cerebro era incapaz de dar la voz a sus palabras, se quedaba cual estatua de sal que no pudiera quitar los ojos de una meta a la que ya no podría llegar. No sabía por qué, ella siempre planeaba con antelación lo que iba a decirle, siempre imaginaba la conversación que iba a tener con él, siempre recreaba en su mente que, por fin, a ella le llegaba la valentía y, con ésta, la fuerza para hablar con él.


Todo era tan fácil cuando lo pensaba que, cuando después  se quedaba en blanco, no hallaba explicación para su estúpida inmovilización que comenzaba por los pies y acababa por helarle la lengua, tanto, tanto, que le parecía que si la movía para articular palabra ésta se rompería en mil pedazos de frío cristal, y que todo el mundo se daría cuenta de lo que sentía.

Desde el principio, desde que se conocieron ella pensó que era “él”, que por fin lo había conocido, que su búsqueda acababa allí. Desde el principio ella observó que él era diferente, y como su profesor había dicho en clase de filosofía, cuando alguien nota que eres diferente, o tú ves en el otro esa diferencia,… es que está surgiendo el amor, porque eso es el amor: ver lo diferente que el otro tiene sobre el resto de los mortales.
La verdad es que desde el principio ella sabía que él era diferente, pero no sabía por qué ni en qué. Poco a poco, al verlo cada día en clase, al verlo cada día por los pasillos de la facultad, vio claramente la diferencia con los demás: eran sus ojos, era su mirada… su mirada.


Desde el principio fue su mirada.
Desde el principio fueron sus ojos.


Llegó de repente, sin avisar. Nadie sabía quien era él. No era de esa clase. No era de esa promoción. ¿Quién era él? ¿Dónde había estado?
Daba igual… ahora estaba allí.


Él se acercó a ella un día. Quería saber algo. Algo con respecto a la asignatura que cursaban juntos. Sólo una pregunta. Pero fue suficiente. Fue su voz. Desde el principio también fue su voz.
Dulce. Amable. Cálida. Tranquila.
Desde el principio fue él.
En ese momento su corazón, el de ella, se aceleró, su corazón lo sabía… era él. ¿Qué iba hacer?
Ella no era valiente. Nunca lo había sido. No era valiente.
¿Qué iba hacer?


Comenzaron a conocerse. Pero no era valiente. Lo veía, le hablaba como a cualquier compañero… pero no era cualquier compañero. No para ella.
Comenzaron a conocerse y él también se interesó por ella. No sabía por qué, pero se interesó por ella. Le hablaba como a cualquier compañera, pero no era cualquier compañera,… no para él.
Desde el principio comenzaron a conocerse, a hablarse como lo hacían con cualquier compañero. Pero ellos no eran cualquier compañero. Y, sin saber por qué, como ocurren estas cosas, fueron distanciándose.
El uno del otro. El otro del uno.


Sí. Seguían saludándose, mirándose por los pasillos, buscándose en la cafetería, pero la distancia era cada vez mayor. No sabían por qué, pero era cada vez mayor.


Y ella era tan cobarde…

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