De grande… (18/05/08)

No quisiera ser mayor.

Montones de hojas secas se cruzan en mi camino incitándome a patearlas y revolverlas. Claro  que si hiciera eso el buen señor de Lipasam que lleva un buen rato amontonándolas no tendría más remedio que perseguirme armado con su escoba y… acordarse de mí durante el resto de la mañana.

Pero, y ahora en serio, imaginaos una larga avenida, casi desierta, son las ocho y media de la mañana, el señor lipasanero, dícese del trabajador de Lipasam, está amontonando por diferentes tramos de mi camino las hojas secas caídas al suelo durante la noche y ante tus ojos esos montoncitos ordenados, crujientes y a un tiempo blandos, verdes y marrones te provocan, te invitan a patearlos, y que vuelvan las hojas a repartirse desordenadas por las aceras, recordándote que el verano se acaba y que el otoño comienza a empujar fuerte; y se va acercando amenazándonos  otra vez con el frio  que muchos echan de menos…

Sigo mi camino tranquila, dejando a mi paso los ordenados montoncitos de hojas muertas.

Creo que a mí tampoco me gustaría que me hicieran barrer la calle dos veces… Nadie tiene la culpa de que los árboles se desnuden en la noche y no recuerden al amanecer recoger sus ropas del suelo.

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